miércoles, 21 de mayo de 2014

LA SIRENITA DEL LAGO

Se narra en toda leyenda de todo país que las sirenas son criaturas hermosas, de bellas voces que llevan a los marineros a naufragar en sus barcos. Hay lugares donde se las describe como seres malignos, de colmillos afilados y ojos y voz hipnotizantes. En otros, muchachas de cola de pez cuyos cánticos, que no tenían un mal fin, eran tan melodiosos que nadie podía resistirse. Otros las muestran cómo bestias sin escrúpulos de cuerpo de buitre.

Pero, si hay algo en que coinciden todos, es en que las sirenas viven en el mar, entre bellas islas coralinas. Algún hombre admite haber conocido a una sirena que había cedido su cola al demonio de la mar, loca de amor, y que luego, incapaz de matar por lograr el corazón de un príncipe, se había disuelto en brisa marina. ¡Incultos!

No toda sirena vive en el mar. Hay una especie que nada en las tranquilas aguas de lagos cristalinos ocultos en los frondosos bosques. Estas sirenas viven solas, ayudando a los renacuajos a crecer y a los animales terrestres a beber. Tienen la piel azulada, los ojos verdes como el bosque y cabellos rubios como el sol. Debe ser dicho que las sirenas de lago tienen cola de pez, normalmente plateada o naranja, como un pez de agua dulce.

Esta historia trata de una joven sirena de agua dulce que vivía sola en un lago de un bosque cuyo nombre no hace falta mencionar. Esta sirena se llamaba Náyade, como los antiguos espíritus femeninos del agua. Se pasaba la eternidad subida en una roca, con la cola naranja como una puesta de sol bajo ella. La sirenita del lago no cantaba. Normalmente, las sirenas de este tipo cantan para comunicarse entre ellas para no sentirse solas, pero por desgracia nadie le cantaba nunca. Náyade estaba sola.

De todas maneras, Náyade jamás sufría la soledad. Su lago estaba repleto de animales, tanto acuáticos como terrestres. Se entretenía mirando su reflejo en el agua  trenzándose el pelo con escamas plateadas de pez. Una mañana, la sirenita estaba sentada como de costumbre sobre su roca, mirando el horizonte y escrutando el cielo. Una bandada de gansos atravesaba las nubes, y sus graznidos cruzaban el espacio hasta los oídos de Náyade.

-¡Graznad lo que queráis, jamás iré con vosotros!

Como todo espíritu de la naturaleza, Náyade entendía el lenguaje animal como si fuese su propio idioma. Los seres que alguna vez la habían conocido siempre querían verla de nuevo. Pero encontrar a una sirena de lago dos veces es muy difícil. Son seres volubles como el agua, capaces de disolverse si lo desean. Náyade observaba a los que la buscaban desesperados escondida tras su roca, camuflada por su piel azulada, su pelo rubio y sus ojos verdes. Nadie la encontraba por segunda vez. Rara vez le encontraban una primera.

Náyade aborrecía a los humanos. Más de uno había ido a su lago para darle caza. La cola de las sirenas de lago es muy cara, sobre todo la naranja, que es menos común. Aún no había ningún humano (o Dos Piernas, como los llamaba Náyade) que la apreciase por cómo era, no por lo que era, ni por su valor en corazón en vez de en monedas y billetes. Náyade se veía obligada muchas veces a invocar su poder sobre el agua para expulsar a los intrusos, haciendo estallar olas tan grandes que cubrían los árboles cercanos a la orilla.

Se arrimó al borde del lago y rozó la hierba con los dedos. Cuando estos tocaban el suelo, todo se cubría de rocío. Náyade suspiró y se sumergió. Sacudió su cola de pez y buceó. Se sentó en el fondo y miró el sol sobre su cabeza. Sería tan sencillo tocarlo… Se dio impulso y salió despedida del agua en un salto perfecto con forma de arco. Al sacar de nuevo la cabeza, se encontró mirando a un humano. Un chico de piel clara, ojos oscuros y pelo castaño. Un caballo bebía cuidadosamente a su lado, sin inmutarse por la bella sirena que les observaba.

-Hola.

Náyade soltó un gritito y coleteó hacia atrás. El agua a su alrededor empezó a bullir y a salpicar los zapatos del humano.

-No te preocupes. No voy a hacerte daño. Ven aquí, sirenita del lago.

Le tendió una mano con dulzura. Náyade la golpeó con su cola y miró asustada al chico. Jamás hablaba con desconocidos. Jamás hablaba con nadie, para ser más concretos. Y menos con humanos. De todas formas, alargó la mano y rozó los dedos del otro. El chico sonrió.

-Soy James. ¿Tú cómo te llamas?

La sirena torció la cabeza y se aproximó más. ¿Qué era eso de la alforja del caballo? ¿Por qué el humano extendía una mano hacia ella?

-¿Entiendes mis palabras? Soy James, ¿y tú? Ven aquí, vamos.

Náyade entendió por fin lo que quería.  Y no le gustó nada de nada. Gritó aterrorizada y se zambulló en el agua. Pero demasiado tarde se había percatado de las intenciones del humano. Una red le envolvió pesadamente la cola y el cuerpo. Náyade chilló y se revolvió, pero solo logró enredarse más todavía. Ahora la cuerda le agarraba por el cuello y le dificultaba respirar. Cómo no, un humano al que solo le interesaba cazarla.

Entonces una idea se le vino a la mente. Abrió la boca y empezó a cantar. Aun después de tantos años sin hacerlo, su voz no había perdido aptitudes.  El humano soltó la red y saltó al lago. Náyade estaba aterrorizada. El chico la perseguía a ciegas. Solo era cuestión de tiempo que se ahogase. Evidentemente, al poco tiempo, el cuerpo del humano perdió color, sus ojos se volvieron blancos y se hundió. Muerto.

Náyade se desenredó la red y la lanzó hacia el cadáver humano. Lo observó con detenimiento, lo agarró y lo lanzó a la orilla. Se sumergió y cantó. Cantó de alegría porque ese humano jamás volvería a hacerle daño. 
De esto no hablé al principio: las sirenas de lago son vengativas, jamás olvidan. Su paciencia es infinita. 

Náyade continuó cantando, hasta que una sirena de otro lago le contestó. Y otra, y otra…Todas aplaudían lo que había hecho. Y la sirenita del lago se hundió en el agua dulce y jamás se arrepintió de lo que había hecho, pues aún hoy se sube a su roca para observar el sol, escrutar el horizonte y escuchar los gansos.

Alba García Vega      1º ESO A




CENICIENTO

Érase una vez un chico muy bello que no vivía con sus padres, sino con su querida madrastra, debido a que sus padres habían fallecido. Ceniciento era huérfano desde muy pequeño.  Él era el que se hacía cargo de todos los trabajos sucios de la casa donde él vivía con su madrastra y la hija de esta. Él era el que se encargaba de cocinar, limpiar, planchar… 

Seguramente que os preguntéis que por qué él se llamaba así, y era porque siempre estaba manchado de cenizas de tanto limpiar y le llamaron Ceniciento. Él nunca se quejaba de limpiar tanto y ordenarlo todo, porque le daba apuro decírselo a su madrastra porque esta fue la primera en darle un techo para dormir después de la tragedia de sus padres.

Su mayor sueño era encontrar a su princesa amarilla y trabajar en algo que le sirviera para algo, como costurero, chef… Pero cuando se lo contaba a su madrastra, esta no cedía en nada, porque le decía que todo eso eran trabajos de mujer y que se burlarían y se reirían de él si lo veían hacer esos trabajos. Cuando su madrastra le decía eso a Ceniciento, se echaba a llorar porque pensaba que su mayor sueño no lo cumpliría nunca. Pero a él todavía le quedaba alguna esperanza de que sí, porque era la manera de no darlo todo por perdido y ser positivo, aunque era un poco difícil ser positivo debido a que la madrastra no le dejaba salir de casa en ningún momento, porque tenía miedo de que se enamorase de alguna chica.

Un día el Rey de aquel pueblo anunció que iba a dar una fiesta y la madrastra de Ceniciento se apuntó para ir.
-¿Yo podré ir, madrastra? -le dijo Ceniciento.
-¡NO! -le respondió la madrastra-. Tú te quedarás en casa barriendo -insistió la malvada madrastra.

Ceniciento se calló para no hacerla de rabiar, pero él estaba muerto de ganas de ir. Además había oído en la radio que iba a estar la hija del Rey del pueblo, y daba la casualidad de que era, por decir algo, la princesa amarilla de Ceniciento pero. bueno, se tuvo que aguantar.

Llegó el día de la fiesta y la madrastra de Ceniciento se tenía que ir ya, acompañada de su hija. Ceniciento cuando se fueron a la fiesta fue al cuarto de baño a llorar y llorar…  De repente apareció en su cuarto un duende que le dijo:

-Hola, Ceniciento, he venido a ayudarte con tu problema.
-¿P… pe… pero tú quién eres? -dice Ceniciento, asustado.
-¡No temas, Ceniciento! Yo me llamo Tintineo y soy el duende de las soluciones. Te he oído llorar y he venido para saber qué te pasaba.
-Pues lloro porque mi madrastra no me deja ir a la fiesta del pueblo y era mi oportunidad para conocer a mi princesa amarilla, la hija del Rey.
-¿Era eso?, pues manos a la obra, ahora mismo llamo a Marfil, que va a ser tu hada madrina.

Tintineo llamó a la hada madrina de Ceniciento y vino en un minuto, ya estaba ahí. Ceniciento le contó a Marfil todo lo que le pasaba y esta dijo:

-¡Ahora mismo te pondré un traje para ir a la fiesta!
-Pero... mi madrastra no me dejaba ir a esa fiesta -dice Ceniciento preocupado.
-No te preocupes por eso, la distraeremos Tintineo y yo, mientras tú vas a por tu amada.

Y así fue, Marfil sacó su varita mágica y en 5 segundos puso a Ceniciento reluciente para ir a esa fiesta. Fueron en la calabaza mágica de Marfil a la fiesta y cuando llegaron a la entrada Marfil avisó a Ceniciento de que cuando el reloj del Palacio diera las 12 volviera otra vez a la calabaza.


Cuando entró a la fiesta, todo el mundo le miró con asombro de lo bello que era, y él también se asombró, pero no por lo bellas que eran todas las mujeres, sino por lo bella que era ella la hija del Rey. Lo primero que hizo Ceniciento fue acercarse a ella. Cuando ella lo vio se quedó asombrada y estuvieron bailando toda la noche, hasta que Ceniciento se dio cuenta de que quedaban 2 minutos para que diesen las 12 de la noche. Entonces se fue corriendo y la hija del Rey, sin saber nada, fue corriendo detrás de él para saber el motivo de por qué se iba sin dar ninguna explicación. Cuando Ceniciento echó a correr se le cayó el reloj que le había regalado su madrastra, pero no tenía tiempo para recogerlo del suelo así que lo dejo allí. Y Ceniciento llegó a tiempo a la calabaza con Marfil. Este estaba muy triste por perder a su amada.

Al día siguiente llamaron a la puerta y la madrastra de Ceniciento abrió. ¡Era el Rey con su hija Sara! Le dijeron a la madrastra de Ceniciento que estaban buscando a un chico al que se le había caído un reloj en la fiesta. En cuanto esta vio el reloj  se asombró, porque se lo había regalado ella a Ceniciento, pero ella decía que no podía ser Ceniciento porque estuvo en casa toda la noche. 

Ceniciento, al oír toda la conversación, decidió  dar la cara y decirle a su madrastra que sí había ido, y así fue. Se encontró por segunda vez con Sara y esta le dio su reloj. 

-Ceniciento, quería aprovechar esto para decirte… ¿quieres casarte conmigo?
-Pero, ¿así de repente? -dijo Ceniciento.
-Sí, la noche de ayer fue inolvidable y yo solo te quiero a ti.
-Ceniciento pensó en su mayor sueño y cedió a decirle que sí, que sí quería casarse con ella.

La madrastra no entendía nada y estaba furiosa con Ceniciento por no haberla obedecido.Pero ya no importaba porque Sara y Ceniciento se casaron y vivieron muy felices, Ceniciento cumpliendo su mayor sueño de casarse con su “princesa amarilla” y de trabajar de costurero y Sara de ser independiente y hacer lo que ella quería, ser una gran profesional del fútbol. Pero aparte de esos sueños, lo que los dos querían era… LA IGUALDAD.

Paula Afif       1º ESO D

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